Tiempo Santander

Cantabria


Autor
José Ramón Saiz Fernández

EL NOMBRE DE CANTABRIA

El pueblo cántabro fue una de las entidades étnicas hispanas más famosas de la Antigüedad. La primera referencia escrita conocida en que se le cita se remonta casi a doscientos años antes de Cristo. Su autor, el historiador Marco Porcio Catón, afirma que el río Ebro nace en el territorio de los Cántabros, dejando con ello inequívocamente localizado el solar de este pueblo en el corazón de la región cántabra. Partir de aquel momento las citas sobre los Cántabros se suceden ininterrumpidamente hasta los tiempos de su dominación por los romanos, continuando después a lo largo de todo el imperio y el posterior Reino Visigodo.

Según el conjunto de estas citas, Cantabria abarcaba una extensión territorial significativamente mayor al de los actuales límites. Por el occidente llegaba hasta el río Sella, al otro lado del cual se encontraba los astures. Por el sur, incluían una parte de la montaña de León, la correspondiente al partido de Riaño, así como la zona norte de las provincias de Palencia - Cervera y Aguilar- y Burgos -Soncillo y Villarcayo-,m donde se establecía la frontera con Vacceos y Turmogos. Por el oriente lindaba con los Autrigones, que se ubican en parte de la actual provincia de Vizcaya. En consecuencia, la mayor parte de las tribus cántabras, Brigantia (conocida por Julióbriga), y las fuentes del río Ebro, el principal elemento geográfico distintivo, se hallaban dentro del territorio de la hoy Comunidad Autónoma de Cantabria.

La fama del pueblo cántabro está corroborada por la gran cantidad de referencias que sobre él aparecen en los textos griegos y latinos, tanto históricos y goegráficos como literarios. La razón suprema de aquella celebridad fue la tenaz y heroica resistencia que mantuvieron contra los ejércitos romanos por espacio de más de diez años, en desesperada defensa de su independencia y libertad.

Por supuesto, era el más conocido de los pueblos del norte de España hasta el punto de que los romanos bautizaron con su nombre a todo el mar que baña la costa septentrional de la Península.


1.1. Los Cántabros en tiempos del imperio de Roma

Cayo Plinio Segundo que ejerció en España el cargo de cuestor e intervino en la administración y gobierno de la más ilustrada y rica de sus provincias, afirma que eran siete los pueblos cantábricos y nueve sus ciudades.

He aquí los siete pueblos o tribus cántabras: 1. Selenos y Cóncanos; 2. Orgenomescos; 3. Vadinienses; 4. Juliobrigenses; 5. Coniscos; 6. Tamáricos; 7. Velegienses y Morecanos. Y las ciudades eran : Octaviolca, Cóncana, Orgenomesco, Vadinia, Brigantia (después Julióbriga), Conisco, Camárica, Vélica y Móreca.

Pomponio Mela que nació a mitad del siglo I, determina cuatro de las nueve partes en que se dividía Cantabria. Sigue su rumbo en dirección de Ocaso a Oriente; y como río el más occidental, nombra al Sella, afirmando que se deslizaba primero por los Cóncanos, y en seguida por los Selenes; y que el río Nansa descendía de los Vadinos o Vadinienses, a los Orgenomescos.

Entre los años 29 y 19 a. de C. todo el formidable potencial infinitamente superior de los romanos se va a volcar en lograr la ansiada dominación del pueblo de los cántabros, operación de guerra en la que participa nada menos que el emperador Augusto. Son tiempos en los que se va a proyectar el carácter indomable de los cántabros, que aunque dominados finalmente por la extraordinaria maquinaria de guerra del imperio, los cántabros ganarían un asiento en el concierto de los pueblos del mundo.

La conquista romana del territorio de los cántabros supuso el colofón al proceso iniciado doscientos años antes en la Península Ibérica. Sus causas fueron varias, pero especialmente acabar con un pueblo abiertamente hostil al control romano que podía contagiar su comportamiento a otros pueblos peninsulares ya sometidos. Las guerras cántabras se desarrollaron durante diez años y la contienda fue tan dura que requirió la presencia del mismo emperador Augusto en el año 26 a.C.

El fin oficial de la guerra se produjo en el año 19 a. C. Con las campañas dirigidas por Agripa, el yerno del emperador; aún así, la pacificación no fue completa y hubo alzamientos en el 16 a.C. La tenue romanización de la zona cántabra pudo deberse a la falta de presencia romana efectiva, salvo en los campamentos militares. Roma renunció a la fusión y se limitó a la explotación de los recursos económicos (hierro y sal) de la zona tomada. Tras la conquista, el territorio cántabro quedó englobado dentro de la provincia Tarraconense. El emperador Vespesiano, en el 69 d.C. realizó una nueva organización administrativa y, finalmente, en la nueva división de Diocleciano, en el siglo III d.C., el territorio cántabro se mantuvo dentro de la Tarraconense.


1.2. Mantenimiento de costumbres, instituciones y creencias.

Tras la dura guerra las legiones, tras su victoria, pretendieron exterminar a todos los hombres capaces de empuñar armas, este proyecto no pudo llevarse a cabo, subsistiendo pujante la población cántabra en la fragosidad de sus bosques y montañas para, más tarde, integrarse en parte de la civilización dominante del Imperio Romano. Aunque administrativamente sometido a los invasores este pueblo no perdió su identidad como demuestran sin lugar a dudas los testimonios epigráficos que han llegado hasta nosotros, donde generalmente dejaron constancia de su pertenencia a la nación cántabra. Paralelamente existen numerosas evidencias de que mantuvieron en gran medida sus costumbres, instituciones y creencias ancestrales, hasta el punto de que, aunque la mayoría de los restantes pueblos hispanos perdieron su identidad anterior a lo largo de la dominación romana, los Cántabros lograron mantenerla.

A la caída del Imperio este pueblo dio tan claras muestras de vitalidad como para asumir el radical protagonismo histórico de recuperar su vieja independencia frente al Reino Visigodo.

Para resumir este proceso acudimos a la obra de Adolf Schulten quién encontró en la Hispania romana un territorio virgen para desarrollar sus ideas y sus concepciones historiográficas, quién publicó en 1943 la monografía Los cántabros y astures y su guerra contra Roma, en estos términos:

"La región montañesa de la costa norte de España tiene la gloria de haber sido siempre la sede de gentes fuertes y heróicas… La guerra cántabra es unas de las muchas guerras de independencia que han sostenido pueblos pequeños para defender su libertad contra una nación prepotente que les atacó sin otro motivo que el deseo de sujetarlos a su dominio o apoderarse de materias preciosas existentes en el país atacado…Estas luchas por la libertad que es lo más valioso en la vida del individuo y de las naciones, despierta en nosotros un interés particular. Detestamos el egoismo brutal del agresor y admiramos la resistencia del pueblo atacado, en la que toman parte hasta los viejos, mujeres y niños, prolongándose muchas veces hasta alcanzar todos la muerte".
Acudimos, por último, a una cita del historiador Manuel Pereda de la Reguera en su obra Cantabria raiz de España, que resume así el carácter los antiguos cántabros:
"Cuando los cántabros aparecen en la historia, cuando nadie había logrado aun dominar su territorio, su nombre era temido y respetado, y su personalidad era tan fuerte que se impone sobre la de los territorios vecinos hasta el punto de dar su nombre a todo un mar, entonces de gran importancia y a toda una cordillera".

2. LA EDAD MEDIA. EL DUCADO DE CANTABRIA.
Las primeras incursiones bárbaras de suevos, vándalos y alanos, producidas en el y territorio peninsular durante el 409 d.C., no causaron excesivos males en el territorio debido a la falta de verdaderas ciudades para su saqueo. La crisis generalizada que sufrió en aquellos momentos el Imperio Romano favoreció el afloramiento de las costumbres cántabras tradicionales, así como una situación de autogobierno en la zona., Cantabria fue conquistada por Leovigildo que en 581 obligó a los pobladores a retirarse a las montañas, si bien su triunfo no fue completo, ya que se contabilizaron nuevas ofensivas con sus sucesores.

Después de la campaña de Leovigildo, de alguna manera, los visigodos lograron poner coto a las incursiones de los Cántabros sobre la Meseta, iniciando la roturación de las tierras altas más cerealistas, Campoo y Valderredible, así como enviando misiones de monjes eremitas.

A pesar del relativo control ejercido desde la capital del territorio que se denominó Ducado de Cantabria, Amaya, el pueblo cántabro siguió conservando su identidad, como se refleja en las fuentes visigodas, situación que se prolongó por lo menos hasta la invasión musulmana.

El Ducado de Cantabria fue una concesión del Rey Ervigio (680), que significó una cierta autonomía para garantizarse la paz en el norte de la Península. Al frente del Ducado estaba un Dux, elegido entre los jefes guerreros. Destacan los duques Fabila -padre de Pelayo- Pedro y sus hijos Alfonso y Fruela.

Del Ducado de Cantabria y, sobre todo, de la familia del duque Pedro, surgirá el primer Reino cristiano cántabro-astur, que estará conrolado por la Dinastía de la Casa de Cantabria en la que destacan Reyes tan importantes como Alfonso I el Católico; su hijo y nieto Fruela I y Alfonso II el Casto, respectivamente; y los nietos de Pedro, Aurelio y Vermudo I, que eran hijos de Fruela, duque de Cantabria y primer Conde de Castilla.


2.1. Liébana, cuna de la Reconquista.

En las primeras crónicas de la Reconquista, sigue apareciendo Cantabria como territorio definido y diferenciado. Es de destacar que desde tierras de Liébana va a surgir el primer foco guerrero contra el invasor árabe y en Liébana va desarrollarse la Dinastía Cántabra que parte del tronco familiar de Pedro, Duque de Cantabria, con sus hijos Alfonso y Fruela, el primero casado con Ermesinda, hija de Pelayo, reinó con el título de Alfonso y el Católico; por su parte Fruela, primer Conde de Castilla, fue padre de los Reyes electivos de la Casa de Cantabria, Aurelio y Vermudo I. El hijo de éste, Ramiro I, implanta la sucesión hereditaria de la Corona de padres a hijos, lo que lleva la línea sucesoria hasta el actual Rey don Juan Carlos.

En este mismo siglo VIII Liébana va a brillar también como foco de cultura, intelectualidad y religiosidad con Beato de Liébana y el monje Eterio. Será un centro de pensamiento de la ortodoxia cristiana, que alentaba el espíritu cristiano y de cruzada de la Reconquista.

El valle del Sella, el asiento preferente de los Cántabros Vadinienses, fue el primer centro del Reino. Después de un milenio de presencia, a menudo impactante, en las fuentes escritas y de resistencia frente a invasiones diversas, los Cántabros ganaban su derecho a ensayar su propio proyecto político, pronto en conjunción con otros pueblos del norte peninsular.

A partir de ese momento y acaso en relación con tal acontecimiento, prevalece en los escasos documentos conservados el nombre de Asturias extendiéndose a una parte considerable del antiguo territorio cántabro. No obstante, también hay testimonios documentales de que en los siglos X y XI se siguió utilizando el nombre de Cantabria. Por otro lado, es muy significativo que durante los siglos XIII y XIV casi todo el territorio que hoy constituye la Comunidad Autónoma de Cantabria fuera designado globalmente con el nombre de "Peñas de Amaya hasta el mar" donde permanece tácitamente la referencia a Cantabria en la alusión a su antigua capital.

La más antigua de las grandes comarcas que aparecen en la documentación histórica es la de Liébana, ya mencionada en una escritura de 818 procedente del Cartulario de Samos, o más caracterizadamente en otro documento del Cartulario de Santo Toribio de Liébana del 831 en el cual se menciona de manera expresa el territorio libanense.

Los historiadores señalan que las peculiaridades condiciones geofísicas y bioclimáticas de Liébana fueron las que propiciaron que, por una parte, Liébana se configurara como un ente administrativo autónomo, y de otra, las que permitieron el asentamiento de gentes en circustancias tan adversas como las ocupaciones militares, las devastaciones y las guerras.


2.2. Monumentos y los "hombres de behetría".

No podemos olvidar, además, que en la primera mitad del siglo XII se realizaron los principales monumentos románicos cántabros, fenómenos que puede vincularse a la transformación de los viejos monasterios fundados entre los siglos VIIII al X en colegiatas. Así sucede con las Abadías de Santillana, Castañeda, Cervatos y San Martín de Elines. A un segundo periodo llamado por algunos autores de Románico pleno corresponden también la Abadía de Yermo y Bareyo. Por su parte, y en gran medida, las múltiples iglesias de Campoo corresponden a la fase tardía de dicho estilo.

En todo este transcurrir de siglos, puede afirmarse que el grado de independencia política de Cantabria siguió siendo muy considerable; consecuencia de aquel alto grado de autonomía local fue el fraccionamiento administrativo y jurisdiccional del territorio. A pesar de la existencia de señoríos, tanto eclesiásticos como seglares, La Montaña registraba el más alto índice de hombres libres de la Península: los hombres de behetría, aquellos que gozaban de un status que les permitía escoger libremente a quien les defendiera a cambio de diferentes prestaciones.


3. EDAD MODERNA: EL NOMBRE DE LA MONTAÑA
En el siglo XVI se generalizó, a nivel popular y literario pero no administrativo, el designar a gran parte de la comunidad con el nombre de La Montaña, que se utilizó en contraposición a la palabra Castilla con la que exclusivamente se aludía a la Meseta, distinción que ha llegado hasta los años inmediatamente anteriores a la constitución de Cantabria en el lenguaje popular.

En la misma centuria, con el resurgimiento de los estudios clásicos, se renovó el interés por el antiguo pueblo de los Cántabros, que tantas veces aparecían citados por los autores griegos y latinos. Con este motivo surgió una polémica entre los historiadores a propósito de la localización del territorio que ocuparon, debate que se prolongó por espacio de tres siglos. A lo largo de aquel tiempo, tanto alos historiadores vasquistas con los pertenecientes a la escuela de Nebrija, supusieron que los límties en cuestión no solo correspondía a la entonces provincia de Santander sino, y preferentemente, a las Vascongadas, basando este heen este hecho la justificación histórica de sus fueros y privilegios. No obstante, ya en el siglo XVI el famoso historiador aragonés Jerónimo Zurita, afirmaba que “los Cántabros, pueblos y nación de la España Citerior (…) se comprehendían en las Montañas de Asturias de Santillana y Trasmiera”. A su vez se conservan testimonios de montañeses de aquel siglo que se llamaban así mismos cántabros.

En el siglo XVII hubo dos autores montañeses que publicaron sendos libros defendiendo la identidad de Cantabria con su tierra. Fueron el Padre Sota y Pedro Cossío y Celis. También en aquella centuria la administración central reconocía la vigencia del nombre llamando Escuadra de Cantabria a la que se formó para la defensa de la costa desde Asturias hasta Francia.


3.1. Tres siglos de secuestro de nuestra Historia

Sin embargo, hay que llegar al siglo XVIII para ver definitivamente zanjada la polémica histórica sobre la localización de la antigua Cantabria de forma favorable para Santander, gracias al exhaustivo estudio del P. Florez, que en el tomo XXIV de su España Sagrada insertó un apéndice con el título La Cantabria. Disertación sobre el Sitio y Extensión, en cuya introducción puede leerse:

“..Extranjeros y naturales al hablar de Cantabria, ponen como cosa recibida ser la que hoy es Vizcaya; yo mismo viví en esta opinión hasta que llegó el lance de examinar la materia de raíz consultando los autores antiguos de más de mil y seiscientos años, que escribieron cuando era conocida la región de los cántabros… La expedición de Augusto, la resistencia del cántabro y los movimientos del ejército, todos fueron contra la Cantabria geográfica y los cántabros, como habitadores de la Cantabria que nos describen los geógrafos y no contra los confinantes, vacceos, turmogos y autrigones, por cuya libertad y seguridad movieron sus armas los romanos contra el cántabro..” (Pág. 33 de la obra “El Ducado de Cantabria, origen de un Reino” de José Ramón Saiz. Tantín 2002).
Hoy día ningún historiador pone ya en duda las tesis del padre Enrique Flórez que echaron por tierra tres siglos de secuestro de la historia de Cantabria; consecuentemente la Cantabria de la época romana corresponde, aproximadamente, con los límites de la Comunidad Autónoma de Cantabria.

Paralelamente a este interés por los Cántabros y a la clarificación de la aludida polémica, se aplicó el nombre de Cantabria o Cántabro, en el territorio montañés a diversas instituciones, organismos y jurisdiciones. Es interesante consignar que, incluso desde antes de la publicación de la obra de Florez, hay documentos e impresos en que se llama a esta región Provincia de Cantabria, a la vez que al viejo corregimiento de las Cuatro Villas se le aplicaba el de las Cuatro Villas de La Costa de Cantabria.


4. ÉPOCA CONTEMPORÁNEA. LAS JUNTAS DE LOS “NUEVE VALLES”.
El 28 de julio de 1778 los diputados de los “Nueve Valles”, Cabuérniga, Cabezón de la Sal, Alfoz de Lloredo, Reocín, Piélagos, Camargo, Villaescusa, Penagos y Cayón, más los de Ribadedeva, Peñamellera, San Vicente de la Barquera y su jurisdicción, Coto de Estrada, Peñarrubia, Lamasón, Rionansa, Valdáliga, Provincia de Liébana, Villa de Santillana, lugar de Viérnoles, Buelna, Villa de Cartes y su jurisdicción, Cieza, Iguña y Villas y San Vicente y Los Llares, Villa de Pujayo, Villa de Pie de Concha y su campo de Bárcena, Anievas y Toranzo, se reunen en “el lugar de Puente San Miguel”, del Real Valle de Reocín. En este lugar de la Casa de Juntas manifiestan:

“…El conocimiento de los favorables efectos que regularmente produce la concordia y buena armonía de los pueblos ha excitado en los moradores de dichas villas, valles y jurisdicciones, un eficaz y firme deseo de unirse en un cuerpo de Provincia…”, la Provincia de Cantabria, desde un conjunto de motivaciones de incuestionable mentalidad ilustrada: “..con el único objeto de fomentar la virtud, extirpar el vicio, sostener con menos dispendio los intereses comunes, desterrar discordias e inquietudes, y ser más útiles al Estado”.
Por tanto, las Juntas de Puente San Miguel tuvieron ante todo la virtualidad de configurar la personalidad de un territorio y manifestar el deseo o la voluntad colectiva de formar una Provincia política y administrativa, no perteneciendo de otras más grandes demarcaciones territoriales. Sus Ordenanzas plantearon la cohesión en torno a un cuerpo de territorio definido, especialmente a través de las normas de 1727 -Ordenanzas del Partido de las Cuatro Villas de la Provincia de Cantabria- y 1779 - Juntas de Puente San Miguel- fueron decisivas a la hora de conseguir del gobierno central el reconocimiento de aquella personalidad jurídico pública.
Así fue como se articuló administrativa y políticamente la Provincia de Cantabria y, en consecuencia, sus órganos de gobierno.


4.1. Otras instituciones cántabras

En este ámbito institucional cabe destacar, además, la fundación en 1791 de la Real Sociedad Cantábrica, dentro del movimiento de Sociedades de Amigos del País, que había sido solicitada ya en 1774, y que rápidamente se acreditó por su interés y apoyo al comercio y agricultura montañesas, así como por la creación del Seminario Cántabro, sito primero en Comillas y luego en Guarnizo. Otro testimonio en este mismos sentido es el de la Junta de los Valles, que a partir de 1790 se denominó Junta de la Provincia de Cantabria, fórmula que duró hasta su disolución en 1815.

En este organismo, formado por diputados elegidos democráticamente, estaban representadas todas las jurisdicciones que componían la región. A causa de la competencia de Laredo, el Ayuntamiento de Santander, que al comienzo había aceptado la titulación de Cantabria para la provincia creada a principios del siglo XIX, reaccionó después imponiendo que se le denominara con su nombre y así no cupiera duda respecto a cual era la capital. Concretamente, cuando en 1821 la Diputación provincial presentó en las Cortes Constituyentes su proyecto definitivo sobre la fijación de los límites de la provincia y de los partidos judiciales, proponiendo la denominación Provincia de Cantabria, el Ayuntamiento replicó (10 de octubre de 1821) “que a esta provincia se le conserve el nombre de Santander”.

También a nivel institucional, pero ya desde 1838, el instituto de enseñanza media de Santander se llamó Instituto Cántabro. Asimismo, muchos periódicos exhibieron en sus cabeceras este apellido, entre ellos el Boletín Oficial de la Provincia (1836-37).

Durante la guerra de la Independencia se constituyó el Armamento Cántabro, un cuerpo de ejército creado en Santander para salir a los puertos con la Meseta para detener a los franceses. Fue derrotado, pero más tarde, se reorganizó en Liébana, bajo el mando del general Porlier, llamándose la División Cántabra en la que había varios regimientos y batallones, como los Húsares de Cantabria (caballería); Tiradores de Cantabria (infantería); etc. Posteriormente, durante las guerras carlistas se formó otra gran unidad en el campo de la Tradición, que llevó el nombre de Brigada de Cantabria, a quien las incidencias de los combates llevaron a enfrenarse con su homónima en el campo liberal el Segundo Regimiento de Cantabria, continuación del de Porlier.


4.2. Avance de las comunicaciones. El renacimiento literario.

Del mismo modo numerosas instituciones mercantiles y culturales tanto públicas como privadas utilizaron esta apelación, al tiempo que la comunidad cántabra se abría a un nuevo futuro con la construcción de la carretera hacia Reinosa y Meseta y la inauguración, a mediados del siglo XIX, del ferrocarril Santander-Alar del Rey, infraestructuras que representaron una primera salida del aislamiento secular. Sin embargo, otros proyectos históricos como el Santander-Mediterráneo no llegaron a culminarse, a pesar de las movilizaciones populares a favor de este proyecto que se quedó a varias decenas de kilómetros de su destino final.

El auge registrado por tales términos de resonancia ancestral a lo largo del siglo XVIIII y todo el XIX, continuó pujante durante el XX, adquiriendo un carácter político claramente regionalista hasta 1936. Como consecuencia de la guerra civil y marginación subsiguiente de estas tendencias se utilizó menos el nombre de Cantabria, que a nivel oficial quedó relegado a las federaciones deportivas, en las que sigue figurando Cantabria no como provincia, sino como región.

No podemos pasar por alto la importancia en los finales del siglo XIX y comienzos del XX de la conocida por Escuela Montañesa formada por personajes de hidalguía, amor al terruño natal y religiosidad, entre los que destacan José María de Pereda, Marcelino Menéndez y Pelayo, Amós de Escalante y el poeta Evaristo Silió. Sus rasgos comunes fueron la evocación del paisaje cántabro y el sentimiento profundo por la tierra natal.

El fomento de esta literatura costumbrista provocó, años después, que surgieran movimientos políticos que asumieron el ideario regionalista, ejemplo de Acción Regionalista de Santiago Fuentes Pila, en 1923, que defendió con ahinco la posibilidad autonómica de Cantabria o, la presencia de otros eruditos e investigadores como Mateo Escagedo Salmón o Tomás Maza Solano que defienden el reconocimiento de la identidad histórica y política de Cantabria, a los que se van uniendo con el paso del tiempo Manuel Llano, José María de Cossío, Maximiano García Venero, Hermilio Alcalde del Río o García Lomas.


4.3. Primer intento de recuperar el nombre de Cantabria

En 1963, la Diputación provincial, a iniciativa de su presidente, don Pedro Escalante y Huidobro, propuso cambiar su denominación por la Diputación Provincial de Cantabria. A pesar de las gestiones realizadas y del voto afirmativo de la casi totalidad de los Ayuntamientos, la petición no prosperó, sobre todo por la oposición del Ayuntamiento de Santander.

En aquellos tiempos de autoritarismo y centralismo político y administrativo, merece la pena reproducir unas líneas de la moción de don Pedro Escalante Huidobro defendiendo la recuperación del nombre de Cantabria:

“Históricamente podemos sentar nuestra posición afirmando que la antigua Cantabria tuvo un significado trascendental en nuestra Historia patria y la raza cántabra fue una de las que integradas en la comunidad hispana influyó, sin duda, en la determinación de nuestros caracteres raciales, del amor a la tierra, del valor indomable, del espíritu de independencia, de la sobriedad. Interesa a España que el recuerdo de la Cantabria y de los cántabros primitivos y del señorío de Cantabria no se pierda y que los mantengan quienes por razones jurídicas e históricas y, evidentemente, con la base jurídico-histórica de hallarse en la línea de más positiva y más directa sucesión, son los representantes de la antigua Cantabria”.
La propuesta de Escalante Huidobro de sustituir el nombre de Santander por el de Cantabria, contó con un dictamen histórico a cargo de don Tomás Maza Solano, que en las conclusiones de su trabajo, puede leerse:
“Procede, pues, a nuestro juicio, que se dé a esta provincia de Santander el nombre glorioso de Cantabria, de peculiar significación histórica, a la vez que de vetusto y tradicional abolengo, por ser digno de recordación en los anales de la historia Patria y de esta provincia en particular, cuyas armas, en las que campean las de su capital, el signo parlante representativo de la Montaña y os emblemas de provincia marítima de Castilla, vienen siendo timbradas tradicionalmente con corona ducal, en remembranza representativa del Ducado de Cantabria, antaño territorio de la valerosa Cantabria y hoy de esta provincia de Santander”.
Don Pedro Escalante Huidobro fue también el fundador desde la presidencia de la Diputación de la Institución Cultural Cantabria, en unos años -la década de los sesenta- que se ponen en marcha otras iniciativas que tendrán su especial trascendencia en el logro de un mayor espíritu cántabro, como el Día de Cantabria que comenzó a celebrarse en Cabezón de la Sal con la iniciativa valiente y positiva de aquél histórico alcalde que fue don Ambrosio Calzada Hernández.

4.4. Manifiesto pro-autonomista

Fue precisamente un Día de Cantabria -el 14 de agosto de 1978- cuando se leyó desde el balcón del Ayuntamiento cabezonense un manifiesto pro-autonomía de la Junta de Parlamentarios de Cantabria, que en aquella memorable jornada pidió el apoyo al pueblo para defender la preautonomía como primer paso para lograr un Estatuto de Autonomía. Un párrafo de aquella declaración lo transcribimos a continuación:

“Hacemos, pues, una llamada a todos los cántabros o montañeses que sientan los problemas de la tierra en que han nacido o en la que trabajan y viven, para que apoyen a sus parlamentarios en la consecución de la preautonomía, con la que Cantabria recupere el rango que le corresponde dentro de la solidaridad con el resto de las regiones españolas…”
Todo este movimiento se desarrolló con más celeridad en los años setenta con la creación de la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC), que coincidió con el final del régimen franquista y la apertura de un proceso reformista que desembocó en la recuperación de las libertades y la aprobación de una Constitución democrática, “ley de leyes” que dio paso a la constitución de Cantabria como Comunidad Autónoma tras la aprobación como ley orgánica de su Estatuto de Autonomía en diciembre de 1981. De nuevo, el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal, bajo la presidencia de don Ambrosio Calzada, inició el proceso de petición de autonomía al aprobar una moción en este sentido el 30 de abril de 1979, tan solo unas semanas después de la constitución de los primeros Ayuntamientos democráticos.

4.5. El gran logro: El Estatuto de Autonomía

De esta manera el antiguo solar de los cántabros recuperaba toda su identidad política e institucional, cumpliéndose este preámbulo:

“Cantabria como entidad histórica perfectamente definida dentro de España y haciendo uso del derecho a la Autonomía que la Constitución reconoce en su Título 8 y en base a las decisiones de sus Ayuntamientos libre y democráticamente expresadas, manifiesta su voluntad de constituirse en Comunidad Autónoma de acuerdo con lo dispuesto en el art. 143 de la Constitución”.
Igualmente su disposición final, redactada en estos términos:
“Recogiendo el sentir mayoritario ya expresado por la Diputación y Ayuntamiento de la actual provincia de Santander, la promulgación de este Estatuto conllevará automáticamente el cambio de denominación de la Provincia de Santander por Provincia de Cantabria. El Gobierno dictará las disposiciones oportunas para que en el plazo de un año se haya dado cumplimiento a las consecuencias derivadas de esta disposición final.

Por tanto Mando a todos los españoles, particulares y autoridades, que guarden y hagan guardar esta ley Orgánica”. JUAN CARLOS R.

El 20 de febrero de 1982 se constituyó la Asamblea Regional provisional (hoy Parlamento) y el 14 de abril tomó posesión el primer Gobierno de Cantabria presidido por don José Antonio Rodriguez Martinez.

CONCLUSIONES SOBRE LA IDENTIDAD HISTÓRICA DE CANTABRIA
En base a los datos históricos aportados, podemos plantear como conclusiones las siguientes:

1.- Cantabria constituyó durante más de mil años una entidad étnica y geográfica claramente definida y reconocida con este nombre.

2.- Dicha entidad peculiar ha mantenido sus rasgos diferenciales hasta nuestros días durante el siguiente milenio, aunque se le haya denominado de maneras diversas, entre las que nunca ha faltado el viejo e histórico nombre de Cantabria.

3.- Cantabria en diversos hechos históricos de trascendencia para la nación española ha tenido un protagonismo especial, ejemplo de las guerras contra Roma o el inicio de la Reconquista con el origen del primer reino cristiano cántabro-astur. Como señala un dictamen de la Real Academia de la Historia de 1916 los orígenes del reino hay que "buscarlos en la indómita Cantabria" y que la Monarquía Española surge del tronco familiar de don Pedro, Duque de Cantabria.

4.- Esta unidad peculiar se ha conservado sobre todo en las tradiciones y costumbres populares, entre las que cabe destacar los propios órganos seculares de gobierno representativa.

5.- Concluyendo, entre el año 195 antes de Cristo, en que el escritor latino Marco Porcio Catón introduce a los legendarios cántabros en las fuentes escritas y la sanción por el Rey don Juan Carlos de la ley orgánica del Estatuto de Autonomía el 30 de diciembre de 1981, transcurren más de dos mil años de andadura de un pueblo que ha sabido defender sus señas de identidad en medio de adversidades y hasta de crueldad, desarrollando en los últimos siglos sus propias instituciones políticas y administrativas.

6.- En definitiva, sobre la base común de la cultura española y europea, el pueblo cántabro que habita en este territorio cuenta con tantos rasgos diferenciales como cualquier otro pueblo peninsular.



BIBLIOGRAFÍA
ALONSO RODRIGUEZ, Diego. De sus artículos sobre historia de Cantabria y el pasado de los cántabros en Alerta. De su poema épico "Brigantia", que evoca la destrucción de esta población cántabra, hoy conocida por Julióbriga.

DE ESCALANTE, Amós. Su obra "Ave Maris Stella" que se refiere a la proyección histórica de la Junta de los Nueve Valles de Puente San Miguel.

DE LA SERNA GUTIERREZ-RÉPIDE, Alfonso. "Visión de Cantabria". Ediciones Estudio. Santander 1996.

FERNÁNDEZ-GUERRA, Aureliano. "Cantabria". Madrid 1878.

FLÓREZ, ENRIQUE. De su obra LA España Sagrada (siglo XVIII) y su apéndice en el tomo XXIV sobre "La Cantabria, sitio y extensión en los tiempos de los Romanos".

GONZÁLEZ ECHEGARAY, Joaquín. De su gran obra "Los Cántabros".

LAVÍN BEDIA, Roberto. De sus artículos y colaboraciones en la prensa de Cantabria sobre la identidad histórica de la Comunidad Autónoma.

LOPEZ PORTILLA, Luis Carlos. De sus numerosos artículos en la prensa regional sobre el pasado histórico de Cantabria.

LLORENTE FERNANDEZ, Ildefonso. "Recuerdos de Liébana". 1883.

MADARIAGA DE LA CAMPA, Benito. "Crónica del Regionalismo en Cantabria". Ediciones Tantín. 1986

PEREZ MUÑOZ, José Antonio. Artículos publicados en Alerta sobre antecedentes históricos de Cantabria.

PEREDA DE LA REGUERA, Manuel. "Cantabria, raiz de España". Reimpresión 2001. Ediciones Tantín.

RODRIGUEZ CASTANEDO, Isidro. Sus obras "Alfonso I el Cántabro" y "Huellas de Libertad". Ediciones Tantín. 1999 y 2001.

SAIZ FERNÁNDEZ, José Ramón. De sus obras "Construir Cantabria, por qué la autonomía" (1981); "Cantabria, Comunidad Histórica" (1999) y "El Ducado de Cantabria, el origen de un Reino" (2002); las dos últimas de Ediciones Tantín.


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